Hace dos años dejé de escribir. Dos años llenos de amores, desamores y
estupideces. Dos años de líos y amistades. Dos años de aventuras y recién hoy
me animo a volver a teclear.
Hoy me animo
a tomarme un par de tequilas yo sola, cuando mis amigas ya se han ido. Hoy me animo a llorar como una sonsa en el baño
de McDonald’s, aun cuando oigo el caño abierto y murmullos inquietantes. Hoy me
animo hasta de llorar en el taxi que
me lleva a casa. Y son sólo las 2 de la madrugada. Menos mal, porque nunca pasa
nada bueno después de las dos.
He vuelto llorando a casa. Y es increíble, porque recién ahí me han
salido las lágrimas. No antes, cuando debían. He llorado, sí. He llorado en tu
cara, frente a ti, pero piensas que es por otra cosa que he dicho.
Y tampoco me he atrevido a decirte la verdad.
“¿Es parque Kennedy peligroso a estas horas?” pensaba preguntarte
cuando contestaras el teléfono, porque tenía la esperanza de que lo hicieras. Temblando,
caminando en el parque. Sola, borracha y con la sed de querer decirte todo lo
que me callé. “Quiero un amor como el tuyo”, pensaba decir, “Un amor como del
que me hablas. Quiero quedarme boba por alguien así. Quiero un amor tonto, con
sonseras, con paseos nocturnos a la playa, sin complicaciones. Un amor que me
diga ven y yo vaya, sin que me sienta
mal por ir siempre yo. Quiero llegar a ese punto tan enamorado en que incluso
otra persona que este enamorado de mí sienta y diga que debo seguir con ese amor.”
Porque yo lo hice contigo,
pero no iba a decir eso. No se lo iba a decir. No iba a perder más mi dignidad diciéndoselo.
“Oye, me gustas, me encantas, eres todo lo que no me gusta de alguien y, aun
así, me encantas”.