Hace dos años dejé de escribir. Dos años llenos de amores, desamores y
estupideces. Dos años de líos y amistades. Dos años de aventuras y recién hoy
me animo a volver a teclear.
Hoy me animo
a tomarme un par de tequilas yo sola, cuando mis amigas ya se han ido. Hoy me animo a llorar como una sonsa en el baño
de McDonald’s, aun cuando oigo el caño abierto y murmullos inquietantes. Hoy me
animo hasta de llorar en el taxi que
me lleva a casa. Y son sólo las 2 de la madrugada. Menos mal, porque nunca pasa
nada bueno después de las dos.
He vuelto llorando a casa. Y es increíble, porque recién ahí me han
salido las lágrimas. No antes, cuando debían. He llorado, sí. He llorado en tu
cara, frente a ti, pero piensas que es por otra cosa que he dicho.
Y tampoco me he atrevido a decirte la verdad.
“¿Es parque Kennedy peligroso a estas horas?” pensaba preguntarte
cuando contestaras el teléfono, porque tenía la esperanza de que lo hicieras. Temblando,
caminando en el parque. Sola, borracha y con la sed de querer decirte todo lo
que me callé. “Quiero un amor como el tuyo”, pensaba decir, “Un amor como del
que me hablas. Quiero quedarme boba por alguien así. Quiero un amor tonto, con
sonseras, con paseos nocturnos a la playa, sin complicaciones. Un amor que me
diga ven y yo vaya, sin que me sienta
mal por ir siempre yo. Quiero llegar a ese punto tan enamorado en que incluso
otra persona que este enamorado de mí sienta y diga que debo seguir con ese amor.”
Porque yo lo hice contigo,
pero no iba a decir eso. No se lo iba a decir. No iba a perder más mi dignidad diciéndoselo.
“Oye, me gustas, me encantas, eres todo lo que no me gusta de alguien y, aun
así, me encantas”.
“Quiero todo eso… pero sin los cuernos” Era verdad. ¿Cómo puede ser
posible? ¿Cómo alguien puede amar tanto a otra persona y soportar tanto por amor?
“Los últimos días me la pasé pensando en ti antes de dormir” le iba a
decir, porque sabía que iba a crearse un largo silencio acerca de lo anterior. “Pero
no de una a forma romántica”, mentiría, “sino de una forma inquietante”, de
cierto modo era verdad. “Me das curiosidad”.
“Porque sí” iba a contestar cuando me preguntaras curioso. “Pero resulta
que, aun pensando en ti antes de dormir, jamás soñé contigo”. Ni una sola
noche.
“¿Tu sueñas con ella?”, le preguntaría casi al instante y rogaría
porque me dijera que sí. “Cuando sueñas con la persona especial para ti,
especialmente casándote o juntos como pareja, significa que no van a quedarse
juntos”, le explicaría, “Eso al menos decía mi abuela”. Y pues al parecer tenía
razón. Yo había soñado con todos los hombres algo y medianamente importantes en
mi vida.
“Yo nunca he soñado contigo, ¿tú has soñado conmigo?”, esa era la mejor
declaración que se podía ocurrirme. A mí. Cerca de las dos de la mañana. Después
de un par de tequilas. En un parque lleno de gatos. Podrías haber dicho que sí.
Podrías haber dicho que no te importaba porque ya tenías a alguien. Podrías
haberme dicho que me vaya a casa. Pero también podrías haber dicho que no. Podrías
haberme dicho mil cosas. “Te puede pasar algo. No es que me preocupe por ti,
¿ya?, pero te puede pasar algo”, como me dijiste una vez. Y hubiera bastado,
porque ese hubiera sido un sí. Sí he
soñado contigo. Y hubiese sido el fin. Hubiese colgado y hubiese tomado un
taxi a casa sin siquiera derramar una lágrima.
Pero no. Porque ni siquiera contestaste. Es más, mi celular se apagó
antes que siquiera me contestaras. Y nunca lo supe, nunca supe que fui para ti.
Que me quisiste agarrar de cojuda, que me quisiste como amiga, que me quisiste
para tirar.
Y es mejor así.
Quizás.
No hay comentarios:
Publicar un comentario